Memorias Visuales. El largo y cálido verano.

Memorias Visuales. El largo y cálido verano.

El título de este capítulo de mis “Memorias visuales”, haciendo referencia a aquella película de Paul Newman, se debe sin duda al buen recuerdo que me viene a la memoria acerca de aquellos largos veranos, cuando nos daban las notas a mediados de junio y no teníamos que regresar hasta finales de septiembre a retomar las clases en el instituto. En esos veranos daba tiempo para todo… ¡hasta para aburrirte! Aunque eso era lo menos frecuente.

Hago un alto en el camino en este punto, para aclarar que no hablaré acerca de mis veranos de infancia torrejonera, ya que poco o nada especial hacíamos entonces en Torrejón: Iba a todos lados con mis padres si se trataba de dar un paseo o tomar algo, en alguna ocasión madrugaba con mi madre para abrir el Bar Selín, que regentaban en los años 80 (puntualizo, mientras mi madre lo abría y atendía, yo estaba en los columpios del parque que había enfrente), y el resto de los días jugaba con mi hermano, bien en casa o en la calle, o veíamos televisión, por lo que la tónica general era bastante monótona en aquellos veranos en la ciudad, donde la mayoría del tiempo lo pasábamos en casa.

Volviendo a mis veranos de adolescencia, los acontecimientos se sucedían año tras año de modo similar: Nada más recibir las notas (tras los exámenes de suficiencia de junio), venían las Fiestas Populares en Torrejón. Mis amigos y yo aguardábamos ansiosos el final de curso para disfrutar de las fiestas, planeando ir a las casetas de las peñas a beber y bailar, cenar un bocadillo o un perrito de los puestos, y seguir con la fiesta hasta que el cuerpo aguantara. En aquellos años, ante la ausencia de internet, siempre se especulaba sobre qué grupos musicales vendrían a tocar, quién daría el pregón, etc., dudas que se disipaban cuando nos encontrábamos el programa de fiestas en el buzón de casa y lo hojeábamos.

Tras la finalización de las fiestas, la normalidad volvía a las calles de Torrejón, y nos esperaban aún dos meses y medio por delante de disfrute veraniego. De lunes a viernes nuestras salidas diarias empezaban hacia las cinco de la tarde en el parque de Las Veredillas (o, como se le llama por estos lares, parque “de los patos”), y terminaban de madrugada, con diversas actividades que se repetían cada tarde-noche de aquellos veranos: Sentados en la hierba, charlábamos, fumábamos, bebíamos, comíamos patatas fritas o helados, jugábamos a las cartas, cantábamos mientras alguno tocaba la guitarra…, y terminábamos en el portal de algún amigo charlando, hasta que nos vencía el sueño y nos despedíamos para volvernos a ver al día siguiente.


Los fines de semana, antes de ir a los bares, solíamos ir a la pradera (situada al lado del velódromo) para hacer botellón.


Años después, en lugar de ir al parque de Las Veredillas los días de diario, o a la pradera antes de ir a los bares, preferíamos sentarnos en alguna terracita para tomar unas cervezas o una sangría con unos aperitivos antes de ir de copas, como por ejemplo en el Mirabel de Torrejón 2000.


O también en Alpujarras, enfrente de los pisos del mercado de Las Veredillas.

En alguna ocasión, celebrábamos cumpleaños en aquellos bancos con mesas que había en algunos rincones del parque de Las Veredillas, hoy desaparecidos.


Luego, después de las terracitas y los bares, la tónica habitual: Charlas hasta las tantas, o a los bares que no cerraban hasta el amanecer. Y así, entre pitos y flautas, se nos iba el verano, y teníamos que volver a cargar con los libros, a ver la lista del curso para ver dónde nos había tocado y con quién, el reencuentro posterior con los viejos compañeros y profesores…

Los domingos, debido a su carácter más relajado, quedábamos por la tarde, y bien íbamos a la pradera, pero a tomar un batido y unas patatas fritas tumbados tranquilamente en la hierba, o nos tomábamos algo en las terracitas comentadas anteriormente.

Obviamente, en ese largo intervalo veraniego, la gente iba y venía, bien a la playa, o al pueblo de sus padres, como es mi caso, veraneando en el pueblo de mi madre. Su nombre es Osa de la Vega, se sitúa en la llanura manchega, y es conocido por el triste suceso de “El Crimen de Cuenca”, historia real en el que dos inocentes fueron acusados de un asesinato que nunca ocurrió y torturados hasta que confesaron un crimen que nunca cometieron.

Su Plaza Mayor era el punto de reunión de todos sus habitantes: Los ancianos sentados en los bancos de mármol de su interior, los niños correteando o con sus bicicletas por sus paseos cruzados o su exterior, y los jóvenes sentados en esos travesaños pintados de verde que sobresalían de unas pequeñas pilastras a las que iban unidos.

En lo referente a mis vacaciones en Osa de la Vega, dividiré en dos etapas mis estancias allí: Durante la infancia y en la adolescencia.

Durante la infancia, la llegada al pueblo siempre era de carácter familiar, íbamos un par de semanas, y en esa estancia pasábamos casi todo el día en la casa de mis abuelos, excepto para dar una vuelta con la bicicleta, para las compras habituales, para acudir al mercadillo callejero de los martes y los viernes (también en la Plaza Mayor); el día de nuestra llegada, hacíamos una ruta casa por casa para visitar a mis tíos abuelos, y así, de paso, dábamos una vuelta por el pueblo.

Al llegar la tarde, cuando anochecía, nos íbamos junto a mis abuelos y los vecinos de la plazoleta a pasear por la carretera que une Osa de la Vega con Tresjuncos (uno de los pueblos limítrofes, que dista a unos 5 km), llegando muchas veces hasta la entrada del pueblo y regresando al nuestro.

Después de cenar, y como hacen muchos de nuestros mayores en sus pueblos, sacábamos a la puerta de la casa las sillas y nos sentábamos “a tomar el fresco”, reuniéndonos con otros vecinos, en donde se contaban los chascarrillos típicos de un pueblo, los dímes y diretes de éste y de aquel, callándose cuando pasaba alguien para luego, si alguno no sabía quién era, preguntarle al resto.

Hay ciertos lugares que están guardados en mi memoria de aquellos días, los cuales paso a nombraros a continuación:

– La tienda de Dionisio: Era el estanco, la tienda de prensa, la de chucherías… en la Plaza Mayor, en esta tienda encontrabas de todo lo que necesitaras: Desde harina de almortas para hacer unas exquisitas gachas, hasta el periódico deportivo para enterarte de los últimos resultados.  Hace años cerró sus puertas, pero su fachada sigue como antaño, conservando incluso su puerta de entrada a la tienda tal cual.

– La tienda del “Muerto”: Llamada así porque su propietario era quien cobraba el seguro popularmente conocido como “de los muertos”, en esta tienda, situada en la calle del Agua, esquina calle Mesones, podías encontrar desde productos de limpieza hasta recuerdos y postales del municipio. Hoy, en el lugar donde se encontraba, se encuentra levantada una casa de moderna construcción.

– La tienda del “Nono”: Era el supermercado habitual que encuentras en cualquier municipio, situado en la Calle Mesones, al lado de la sucursal de Caja Castilla-La Mancha, llamado así debido a que ese era el mote de la persona que lo regentaba.

Hoy en día el super (que fue “Ahorro diario”, “Ahorro total”, “Descuento diario”, etc), sigue abierto, aunque regentado por otras personas del municipio.

– La tienda de la calle del Agua: Otra tienda en la que se vendía de todo: Desde alimentación a productos de limpieza. La tienda se encuentra a día de hoy cerrada, aunque en su puerta enrejada siguen quedando vestigios de aquella época.

– San Huberto: Local abandonado situado a la entrada del municipio, en el que nuestros mayores guardaban sillas y bolas de petanca para poder practicar este juego las tardes de verano; situado en la entrada del pueblo, fueron muchas tardes las que acompañé a mis abuelos para disfrutar de sus partidas junto con sus compañeros.

El local fue derribado, y en su lugar se encuentra hoy en día el Tanatorio Municipal.

– La Plaza de las Ranas: Realmente se llama Plaza de la Constitución, pero recibió su nombre por una fuente situada en ella con unas ranas de cuyas bocas salían chorros de agua.

Dicha plaza fue remodelada, y la fuente desapareció… aunque para los de mi época siempre será la Plaza de las Ranas.

Ya en la adolescencia, comencé a salir con un grupo de amigos en el municipio, tanto oriundos de la localidad como llegados de Valencia, Barcelona, Madrid…

El cambio a partir de ese momento de mis costumbres en el pueblo fue evidente: Salidas durante todo el día, por la mañana a la plaza, por la tarde a la piscina, luego al campo de fútbol, y por la noche al pub, a los bares y a la discoteca. Apenas paraba por casa, y era para comer, ducharme y dormir.

Además, en lugar de ir 15 días comencé a ir un mínimo de 3 semanas, y aprovechaba para quedarme hasta las fiestas, que son el segundo fin de semana de septiembre, para disfrutar más tiempo en aquel lugar.

Era como vivir en otro mundo, fueron unos veranos increíbles; cualquier puente o festividad, aprovechaba para ir por allí, y volver a vivir esas experiencias únicas.

Años más tarde, el tiempo hizo que unos dejáramos de volver con la asiduidad de la adolescencia, que otros se mudaran del pueblo a otras ciudades… la rutina laboral nos obligó a tener menos días para disfrutar allí, crecimos y esos mágicos veranos desaparecieron; no obstante, llevo muy dentro aquellos días inolvidables con esas grandes amistades forjadas en Osa de la Vega.

De esta época guardo gratos recuerdos de otros lugares del municipio, que son los siguientes:

– Discoteca Nelson: Situada en la calle del Agua, era el lugar de encuentro de los jóvenes (y no tan jóvenes) del municipio; en la entrada podías comprar un vale por una consumición de refresco/cerveza o de cubata. Recuerdo que la barra estaba situada a mano derecha, bajando unos escalones había unos sofás para sentarte, y frente a éstos la pista de baile. Uno de los momentos cumbres era cuando pinchaban  “El meneaíto” y toda la gente en la pista de baile se marcaba su coreografía.

Muchas veces hemos cerrado literalmente la discoteca, y al salir, nos íbamos a la Plaza Mayor para charlar hasta que amanecía y nos volvíamos a dormir a casa. Eso sí, el que primero se levantaba, iba a buscar al resto a su casa, e íbamos de nuevo para la plaza. La discoteca echó el cierre hace años.

– La piscina municipal: Se encuentra en la entrada al municipio por la carretera de Los Hinojosos; cada tarde, nada más comer, quedábamos allí, y pasábamos el tiempo hasta las 19:30 horas en que cerraba. Nos sacábamos el bono para todo el verano, que amortizabas en un mes, y entre baños, helados, bolsas de patatas fritas, chistes, charlas, bromas y cigarrillos se pasaban las tardes en un suspiro.

– Los bares del pueblo: De cena, de cervecitas… lo importante era reunirse todos y disfrutar. En Los Caleros cenábamos a menudo, en el patio que tenían a modo de terracita, y entre raciones de croquetas y de queso y de jamón hacíamos ronda de chistes antes de ir a la discoteca. Hoy sólo sobrevive el bar de la Plaza Mayor.

– Los aledaños y la parte trasera de la iglesia: En los aledaños de la iglesia (y en la calle que subía hacia ella, donde se encuentra la biblioteca), hacíamos botellón, o nos íbamos a fumar. En cuanto a la parte trasera de la iglesia, allí era donde teníamos nuestros flirteos veraniegos; el lugar no era de lo más romántico, y las vistas tampoco acompañaban (enfrente se encuentra el cementerio viejo), pero no nos importaba demasiado.

– La arboleda: Situada en el camino aledaño al cementerio viejo, a unos metros tras él. Alguna tarde parábamos en aquel lugar, y, sentados sobre unas grandes piedras, charlábamos, nos echábamos un cigarrito… Daba gusto estar ahí.

– El Sempa: Enfrente de la gasolinera; aquí veníamos a hacer botellón, a echarnos tranquilamente nuestros cigarros y a charlar de todo un poco.

– Había noches en las que nos saltábamos la valla del colegio, y nos sentábamos junto a la puerta principal, para poder hablar tranquilamente sin molestar a los vecinos.

– La parada del autobús: Al lado de la piscina; aquí nos reuníamos cuando ya estaba todo cerrado, o bien íbamos a buscar a la gente que llegaba desde Madrid o a despedirnos de aquellos que regresaban a la rutina tras las vacaciones.

Y en esta parada, lugar de bienvenidas y de despedidas, me despido de este capítulo de mi vida, con el recuerdo presente de tantos buenos momentos ocurridos en los veranos que viví.

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