Braulio

En agosto de 2013, en uno de aquellos acostumbrados paseos junto a mi hermano canino Bam-Bam, divisé entre los matorrales a este viejecito; siguiendo mis costumbres, lo llamé, y, como había sucedido anteriormente con otros personajes de su alcurnia, acudió a mi llamada. Charlé brevemente con él, le mostré ese cariño que se demuestra a aquel que denota debilidad debido al paso de los años, y decidí proseguir mi camino, pensando que volvería a su escondite, pero, en lugar de eso, decidió seguirme. El pobre tenía el pelo sucio, enmarañado, y estaba increíblemente delgado. Me acompañó hasta mi puerta, y no pude menos que indicarle que esperara, y le bajé algo de comer. Se tumbó bajo mi ventana, comió parte del convite que le ofrecí, y permaneció algunos minutos allí, saboreando ese alimento.

Horas más tarde, decidí asomarme por la ventana, para ver si había algún resto de comida para quitarlo y que no molestara a los vecinos, ya que Fuchi maullaba constantemente mirando hacia el exterior; sorprendentemente, el pobre viejo seguía allí tumbado. Charlé con mi mujer, y decidimos que lo mejor es que pasara la noche en casa, así pues, salí a la calle y lo invité a subir, invitación que aceptó musitando un leve agradecimiento con su voz ronca.

Le ofrecimos cobijo y alimento, que aceptó de buena gana; tras un confortable baño y un buen peinado, decidimos que se quedaría en la cocina, más que nada por la curiosidad de Fuchi, al que los extraños le asustan en un primer momento, para evitar problemas de convivencia (bien es cierto que tras las primeras tomas de contacto, es el gato más cariñoso que pueda haber, pero preferimos actuar con cautela).

Braulio pasó un par de días con nosotros; Bam-Bam estaba encantado, le seguía a todos lados, y él agradecía constantemente con su rota voz nuestros halagos, nuestros gestos de cariño. Lamentablemente, cada vez comía menos, apenas bebía agua, estaba constantemente dormido, casi las 24 horas del día. Decidimos acudir a un especialista; se quedó ingresado para realizarle las debidas pruebas y ver qué le pasaba. Regresamos a casa un poco mustios, pensando en qué tal le iría allí al pobre viejo.

Tras un intervalo horario indeterminado, una llamada de teléfono confirmó nuestras peores sospechas: El pobre sufría de los riñones, no le drenaban, y era cuestión de horas que falleciera, sufriendo y padeciendo, ya que tampoco digería los alimentos. El especialista indicó que era normal en tipos de su edad y su raza. Decidimos que había que dormirlo, al no haber solución posible, para evitar que sufriera.

Braulio era un indocumentado, era un pobre diablo con cara de mal genio, pero, como tantas veces, las apariencias engañan, pues era todo cariño y sumisión. Lo dejaron, abandonado, a su suerte, por esa enfermedad, en lugar de procurarle lo que se necesita en los últimos suspiros de vida: Ese cobijo necesario, ese calor humano antes de dar el salto al infinito de la mortandad. Quién sabe cuánto tiempo estuvo deambulando, sólo, perdido, desamparado, buscando un gesto que le devolviera un poco de luz a su desgastada vida. Demostró, a pesar de aquella traición de quienes lo habían conocido en sus mejores años, que él seguía confiando en los humanos. Los que son como él, tienen fama de traidores, pero, como lamentablemente vemos casi a diario, los que son traicionados son ellos a expensas del egoísmo de la racionalidad.

 

© Sergio Pardo Delgado

(Conoce más sobre mí y mi obra literaria en https://sergiopardodelgado.wordpress.com/)

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