El gorro ignorado en la puerta del supermercado

El gorro ignorado en la puerta del supermercado Destacado

Da igual la hora por la que salgas de la estación de metro de Embajadores, la imagen siempre es la misma: politoxicómanos merodeando en la plaza, buscando su enésima cunda que les lleve a su particular paraíso. Eso es a simple vista, superficialmente. Si te fijas más allá de las luces de los semáforos y te aíslas momentáneamente del tráfico reinante, podrás contemplar un gorro.

Un gorro negro, probablemente de alguna promoción caducada de desodorantes. A lo sumo de algún vendedor ambulante al que un día compró. Ese gorro, acompañado por un periódico desprestigiado, aguarda paciente durante todo el día a las puertas de un supermercado. Siempre con esa sonrisa que contrasta con el color de su piel.

Quizá él no lo sepa, pero por su lado pasan diariamente cientos de estudiantes, buscando un título universitario que les permita tener un gran sueldo y les convierta en personas formadas y repletas de conocimientos.

Sin embargo, es difícil que recuerde caras, porque muchos días esos estudiantes se quedan durmiendo en sus camas, infectadas de desidia y pereza, embadurnadas por la calefacción y podridas de conformismo. Esos mismos que en un futuro irán a la compra con sus hijos y les explicarán que ese hombre no es más que un inmigrante sin papeles que vende un periódico que no sirve para nada. Como mucho, le echarán unos céntimos y les explicarán a sus discípulos que eso es caridad, empatía y solidaridad, cuando en realidad estarán ocultando un sentimiento de culpabilidad tremendo.

Porque ese vendedor de noticias sin aparente interés no captará la atención de casi nadie, pero es un ejemplo de constancia, de valentía, de rigor al estar de pie más de doce horas al día. Sin familia, sin amigos, sin trabajo, sin dinero, sin futuro... pero con valores. Unos valores en peligro de extinción por creernos que por ser europeos, hablar idiomas y tener el carné de conducir somos de primera clase. Cuando somos más inhumanos, rehusamos el contacto con desconocidos y nos autocomplacemos al depositar una miseria en sus manos.

Sin duda, alguien debería manifestarse para que las personas volvamos a ser personas, para que los auriculares dejen de ser aislantes sociales y la televisión un bálsamo reparador de conciencias. Y para que, por supuesto, le den su título universitario. De licenciado en constancia, simpatía y valentía.

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