Jueves, 13 Noviembre 2014 08:11

Una victoria amarga

Estoy listo. Preparado un día más. Mi ropa conjuntada, el olor a perfume a mi alrededor, el pelo imperfectamente colocado. Perfecto.

Pulso el botón superior del mando y me acomodo.

Elijo el cedé más apropiado, el que puedo poner a todo volumen sin problemas con el subwoofer. Entonces me abrocho el cinturón y arranco. Siento el rugido del motor bajo mis pies, controlado delicadamente con el pedal derecho.

Tras esto, respiro hondo y el chasquido del cinturón me autoriza a iniciar la marcha. Allí estoy, tomando las curvas en segunda, apurando el último milímetro de asfalto que me separa del bordillo. Tres curvas más y llego. Allí está. Ha pasado mucho tiempo, pero ahí sigue. Igual que siempre; quizá un poco más apagada.

Tanto tiempo sin vernos...es normal. Separados por la distancia, por el deber, por el ansia permanente de un futuro mejor.

Saludo a mis amigos, tenemos una conversación algo banal y sube al coche. Arranco de nuevo hacia un lugar más oscuro. Últimamente me he acostumbrado a la oscuridad. Finalmente me apunto una nueva victoria, pero aun así sé que para mí mi mayor batalla la perdí hace tiempo. Aquella lucha contra la nada, zarandeándome en el vacío. Porque ELLA está en otro coche, puede que mejor o peor, pero en OTRO.

[...] Ya queda menos, tan sólo once. Casi se pueden contar con los dedos. La bombona de oxígeno que el destino me ha concedido se está agotando. Tocará volver a la realidad. “This is life”.

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Domingo, 30 Noviembre 2014 08:11

Me retiré haciendo el suicida

“No te preocupes, nada va a cambiar cuando vuelvas”.

“No cambies nunca, por favor”

Todas esas mentiras que todos acostumbramos a decir cuando alguien se marcha. Es obvio que nadie va a cambiar radicalmente, ni siquiera va a dejar de llamarse como se llama. Pero eso no evita que, en el tiempo en el que estamos fuera, reflexionemos acerca de todo lo que nos rodea.

En estos casos solemos tomar decisiones, para nada profundas y trascendentales, pero sí podemos decidir realizar algunas modificaciones en nuestra relación con las personas, porque “nadie se baña dos veces en el mismo río”, símbolo inequívoco de cambio constante.

Y es que cuando tengo tiempo para pensar, en mi rutinario camino atravesando el Támesis, Traffalgar Square y Tottenham Court Road; voy tratando de deducir lo que el destino tiene preparado para mí, es decir, qué hacer a partir de ahora con mi vida.

Reflexionar si he sido lo suficientemente benévolo con tal o cual persona, si por culpa de otra voy a perder parte de la relación, en qué me he equivocado, etcétera. Para poder evolucionar, crecer, no estancarme.

Porque está claro que, como decía el otro día en clase, “The thing that most worries you about the world is...to find my place in it”. Desdramatizando, tengo dieciocho años, me queda muchísimo por recorrer, pero siempre tropiezo con la misma piedra. Es inevitable no pensar en ello, en lo único que te hace sentir fracasado, y que tiene tanta importancia ahora mismo porque ningún problema de envergadura te tiene en vilo.

No sé si es el haberme adaptado a esto, el haber llegado solo a una gran ciudad y haber encontrado mi sitio en ella, el coger cariño a muchas personas que hace dos semanas no conocía... incluso algo más, pero me siento a gusto, aun siendo consciente de lo efímero de esta travesía.

En tan sólo dieciséis días estaré de nuevo en las piscinas, rencontrándome con mis amigos y con mis enemigos. Abrazando a Blanca, hablando con mi Estrella, chateando con la Chica Diferente, celebrando el cumple con mi Mejor Amigo, riéndome con los de mi peña, jugando las vespertinas partidas de mus, charlando con mi familia, quedando con mis Hermanitas y todo lo demás.

Tras ello, el mes de julio que he vivido en Londres no será más que un conjunto de pequeñas anécdotas, fotografías y un sinfín de recuerdos en mi mente. Nada más.

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Sábado, 13 Diciembre 2014 08:04

Se asemeja tanto a cuando estaba a su lado

Está triste. Las facciones de su cara lo demuestran. Se encuentra sola, zarandeada por el viento, sentada con los pies en la orilla y con el sol tornándose hacia el este. De vez en cuando agacha la cabeza para sentirse resguardada. Otras mira al frente, intentando buscar el horizonte en un mar que escapa a su campo de visión.

Sabe que el sol dará paso a la noche, y la noche a los recuerdos. Le volverá a recordar, una hora consecutiva más, pero eso ya nada importa. Intenta hacerse fuerte, convencerse de que ella vale más que ningún chico. Aunque no lo consigue. Está todo muy reciente. Esos paseos por la playa, cogidos de la mano, sentados en la más alta roca del acantilado, contemplando el paisaje, jurándose amor eterno.

Aquellas bromas que tanto echa en falta, aquellas carcajadas interminables al rememorar los momentos pasados, aquellos abrazos cuando el frío se colaba entre sus cuerpos semidesnudos y aquellos besos apasionados que les ponía en contacto.

Porque ella se intenta apoyar en sus amigos, los que no le han fallado. A pesar de que le cueste reconocerlo, la llamaría para poder oír sus voces un segundo más. Poder escuchar sus ánimos, sus frases tópicas, sus consejos reconfortantes. Le hacen sentirse mejor.

Por todos los medios trata de no llamarle. El primero que lo haga mostrará su debilidad. Y ella sabe que sería lo peor. Dejar al descubierto su unívoca dependencia. Aunque la intente ocultar. Últimamente ha invertido la mayoría de su tiempo en él, y por eso le cuesta muchísimo no traerle a su mente, no creer en que al minuto siguiente habrá una llamada suya, o una carta con una rosa en la alfombra de su apartamento.

Sin embargo, va teniendo algo de experiencia. Uno de sus “amigos-santos”, de esos de los que solo te acuerdas cuando los necesitas, le ha pedido que no escuche música, ni pase las horas muertas en su perfil del Tuenti. En cambio, le ha aconsejado que lea un libro, que juegue con su hermano pequeño, que realice actividades alternativas. Ella le hace caso, pero parcialmente. Le es inevitable buscar un culpable, un motivo, una explicación, y lo hace visitando su perfil en busca de alguna pista o indicio. A pesar de que puede que no encuentre nada, como quien busca en el suelo entre los billetes de metro usados alguno sin utilizar.

De repente siente que un escalofrío despiadado recorre su cuerpo entero. Alza su rostro, y cierra los ojos para solo escuchar las olas del mar. Mientras, con sus manos intenta atrapar tantos granitos de arena como puede albergar, y siente cómo se van resbalando de la palma de su mano. Así se siente cuando piensa que todo terminará, impotente. Se inclina hacia atrás hasta tumbarse por completo, y el cielo se ha oscurecido en cuestión de momentos. Siente la calidez del agua en sus pies. Es una situación agradable que no quiere que termine. Se asemeja tanto a cuando estaba a su lado...

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Jueves, 01 Enero 2015 07:52

Feliz Año Nuevo

Son las doce y dos minutos. Tengo en mi mano una copa de cava seco y burbujeante. Bajo el color amarillento puedo apreciar mi esclava. Parece que se va a evaporar, pero dicen que da buena suerte.

Sinceramente, yo no creo en nada de eso. Al igual que todo el mundo, al tragar cada una de las doce uvas he pedido un deseo. Creo que no me importa contártelos, ya que confío en ti, querido diario. El primero de ellos ha sido salud, ya que es tradición ponerlo en primer lugar. El segundo ha sido el tener conmigo a mi abuelo un año más, le necesito aquí conmigo. El tercero, que me toque la Primitiva que juego a medias con mi “hermanita”. Cuánta alegría me daría compartirlo con ella. El cuarto fue intentar sacar mejores notas este trimestre, y sobre todo, recuperar las matemáticas del año pasado. He de confesar que en la quinta uva me he atragantado, y bastante tenía con seguir tragando evitando reírme y desconcentrar a los demás.

Aunque te diré, que al terminar, y entre los besos y felicitaciones de todos, me acordé de él. Creo que lleva razón, en parte. No terminó todo bien, pero en el fondo he de decir que le quiero. Y no digo esto a todo el mundo. Me ayudó mucho en un momento importante de mi vida, y a pesar de que lo nuestro no salió bien, nuestra amistad perduró. Hasta que él se volvió a enamorar de mí, y yo le saqué como pude del pozo en el que entraba sin fondo. Tras ello, él se enamoró de otra chica, y les deseo lo mejor, pero ni siquiera nos miramos. Y en el fondo me duele. El caso es que, dilaciones aparte, me mandó un mensaje de texto.

Decía algo así como que pediría en una de sus uvas por nuestra amistad, que no creía que fuese malgastarla sino invertirla. Espero que sea algo más que simples palabras.

Tras estos vagos pensamientos, me siento y continúo mi reflexión. Un año nuevo, distinto, con 365 días con algo que enseñarme cada uno. Porque cada comienzo conlleva miedos, retos, propósitos, esos que sabes que dices pero que luego nunca vas a cumplir. Yo me he propuesto dar todo de mí, seguir creciendo, no tengo límites. Cada fin de año me encargo de limpiar todo el agua que hay en mi pozo de conocimiento, para que cuando llueva, continúe llenándose, y sea menor el recorrido del cubo, menor el esfuerzo, para poder sacar todo aquello que necesite.

Voy al baño. Me miro al espejo. Deslumbrante. Mi vestido aterciopelado refleja al cien por cien esa bella y a la vez dura juventud, que exhalo por mis cuatro costados. El recogido es cinematográfico. En ese momento llega mi hermana, me abraza por detrás, y nos miramos en el espejo. Estamos compenetradas.

Pasó ya la época en la que discutíamos. Ahora que vivimos separadas, me doy cuenta de lo importante que es en mi vida. Aprieto su mano, la beso en la mejilla. No te voy a soltar nunca.

Querido diario, sinceramente creo que a día de hoy, soy feliz. Solo espero escribir la misma despedida dentro de doce largos meses. Feliz año nuevo.

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Da igual la hora por la que salgas de la estación de metro de Embajadores, la imagen siempre es la misma: politoxicómanos merodeando en la plaza, buscando su enésima cunda que les lleve a su particular paraíso. Eso es a simple vista, superficialmente. Si te fijas más allá de las luces de los semáforos y te aíslas momentáneamente del tráfico reinante, podrás contemplar un gorro.

Un gorro negro, probablemente de alguna promoción caducada de desodorantes. A lo sumo de algún vendedor ambulante al que un día compró. Ese gorro, acompañado por un periódico desprestigiado, aguarda paciente durante todo el día a las puertas de un supermercado. Siempre con esa sonrisa que contrasta con el color de su piel.

Quizá él no lo sepa, pero por su lado pasan diariamente cientos de estudiantes, buscando un título universitario que les permita tener un gran sueldo y les convierta en personas formadas y repletas de conocimientos.

Sin embargo, es difícil que recuerde caras, porque muchos días esos estudiantes se quedan durmiendo en sus camas, infectadas de desidia y pereza, embadurnadas por la calefacción y podridas de conformismo. Esos mismos que en un futuro irán a la compra con sus hijos y les explicarán que ese hombre no es más que un inmigrante sin papeles que vende un periódico que no sirve para nada. Como mucho, le echarán unos céntimos y les explicarán a sus discípulos que eso es caridad, empatía y solidaridad, cuando en realidad estarán ocultando un sentimiento de culpabilidad tremendo.

Porque ese vendedor de noticias sin aparente interés no captará la atención de casi nadie, pero es un ejemplo de constancia, de valentía, de rigor al estar de pie más de doce horas al día. Sin familia, sin amigos, sin trabajo, sin dinero, sin futuro... pero con valores. Unos valores en peligro de extinción por creernos que por ser europeos, hablar idiomas y tener el carné de conducir somos de primera clase. Cuando somos más inhumanos, rehusamos el contacto con desconocidos y nos autocomplacemos al depositar una miseria en sus manos.

Sin duda, alguien debería manifestarse para que las personas volvamos a ser personas, para que los auriculares dejen de ser aislantes sociales y la televisión un bálsamo reparador de conciencias. Y para que, por supuesto, le den su título universitario. De licenciado en constancia, simpatía y valentía.

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